Cuando los detractores tienen que echar mano de la religiosidad de una persona para tratar de poner en entredicho su carrera profesional, en el fondo no hacen sino lustrar todavía más el currículum de dicha persona. Eso ha ocurrido con el nuevo presidente del CGPJ, a quien se ha intentado pintar como un extremista de derechas por el simple hecho de ir a misa los domingos. Así se cotiza la libertad de culto en este país.
Pero, críticas aparte, Dívar es un excelente profesional que ha dado muestras de su valía y competencia presidiendo en toda su trayectoria, desde el modesto juzgado extremeño donde empezó a la Audiencia Nacional que terminó presidiendo. Algunos magistrados del Supremo se muestran recelosos a que su nuevo presidente no sea uno de ellos. No tengan tanto recelo, señorías, y empleen ese tiempo que desperdician con las críticas palaciegas a trabajar y sacar sentencias, que es su verdadera actividad y por la que se les remunera a fin de mes.
Zapatero ha mostrado de valentía y acierto con el nombramiento de Dívar; sabía que iba a tener que enfrentarse a ese sector de la izquierda radical que existe, aunque afortunadamente no sea muy numeroso, en el poder judicial; y dio muestra también de moderación política al nombrar a una persona que, a priori, no parece compartir ideología con el presidente.
Las críticas que se dirigen hacia De la Rosa son algo distinto. Excesivas, sí, pero con cierta base de realidad. Que se eche mano del Consejero de Justicia de un gobierno autonómico no parece que, a priori, sea todo un símbolo a la independencia del poder judicial. Admitimos, a regañadientes y muy a nuestro pesar, que los jueces se agrupen en asociaciones cuya militancia les signifique y defina ideológicamente; pero ya si encima tenemos que buscar al vicepresidente del CGPJ en un gobierno autonómico, sea del signo político que sea, la cosa empeora sensiblemente.
También es cierto que De la Rosa no se significó nunca por emprender una acción de gobierno excesivamente beligerante y pasó más bien inadvertido en la contienda política, así que deberían atemperarse las críticas y darle cierto margen de confianza.
Desde La Tribuna del Derecho queremos dar la enhorabuena a los recién nombrados y desearles, por el bien de todos, los mayores éxitos en su dirección de los jueces. Tienen por delante el reto de elevar la confianza de los ciudadanos hacia nuestros juzgadores, seriamente mermada tras los últimos escándalos. Suerte, de todas formas.