10.11.08

La última de Garzón

Está ya muy visto y no sorprende a nadie. La última de Garzón es una más de este hombre que un día quiso ser juez estrella, al otro ministro y cuando González le cortó las alas de su ambición regresó a su toga para impartir su particular justicia. Los casos poco mediáticos le aburren profundamente. Si un asunto no tiene reflejo en los periódicos y medios de comunicación entonces puede esperar durante semanas, meses, años sin que su señoría se digne siquiera a contemplarlos. Si pudiera hacerse una lista con los damnificados por el juez sería interminable. En primer lugar, la propia sociedad, que contempla atónita como un hombre que debe perseguir a narcotraficantes, terroristas o estafadores de la peor calaña se dedique a desenterrar historias del pasado, sin que cumpla la función esencial que tiene encomendada.
Algún día, ojalá sea más pronto que tarde, el famoso juez debería estrellarse contra su propia ambición y su ansia de gloria para encontrarse con la cruda realidad, con la estampa lamentable que los ciudadanos tenemos de él. No lo vemos como el libertador que cree ser, como el defensor de las causas perdidas y el perseguidor de los tiranos del mundo que tanto se esfuerza en parecer. Lo vemos como un hombre ambicioso, capaz de todo por seguir en la brecha mediática, que no duda en perseguir a gente, inocente o no, si con ello obtiene popularidad.
Muchos piensan que esta maniobra obedece a una necesidad de distraer la atención de la crisis económica. Podría ser un favor que hace a Zapatero para ganar puntos en su carrera hacia el sillón ministerial. Otros, en cambio, ven simplemente el sello de Garzón en esta maniobra. No le hace falta motivación alguna si logra aparecer en los telediarios. Es el juez estrella, lo fue en su día y se resiste a abandonar esta figura, y si tiene que desenterrar cadáveres de la Guerra Civil o mañana se le ocurre perseguir a los pirómanos que redujeron Numancia a polvo y ceniza, no dudará un instante.
Garzón hace un flaco favor a la Justicia con sus aventuras guerracivilistas. Es un monumento a la parcialidad y a la dependencia de intereses ajenos a los que deberían motivar sus actos, esto es, la persecución del delito. En definitiva, una vergüenza para la Administración de Justicia. El Consejo General del Poder Judicial tendrá que sentarse con él para hacerle reflexionar, recordarle las normas más elementales del procedimiento penal que se salta a la torera con tal de lograr un titular y, con un poco de suerte, invitarle a abandonar el sillón que ahora ocupa. Por el bien de la Justicia, por el bien de todos.