La gran incógnita
El artículo 1 de la futura ley del aborto debería haber comenzado dando respuesta a la gran incógnita: ¿cuándo surge la vida? Una vez decidida tal cuestión podría haberse entrado de lleno a tratar hasta qué momento el ser humano puede truncar dicho proyecto vital.
Sin embargo, no ha sido así; ni en España ni en ninguna legislación abortista del mundo. No hay político ni plataforma a favor del aborto que se atreva a determinar cuándo comienza la vida humana y definir sin la menor duda que es en la semana doce, en la catorce o en la veintidós cuando dejamos de estar ante un conjunto de células para estar ante un ser humano.
Alguno pensará que estamos equivocados pues el criterio está perfectamente definido y se basa en la viabilidad del feto: cuando sea viable fuera del vientre materno, ya es una persona. Pero la imbecilidad de tal argumento no puede tomarse en serio, pues es evidente que si al feto se le priva de su medio de vida natural, el vientre materno, y se le arrebata por tanto el alimento y el oxígeno para vivir, morirá; de la misma forma que cualquier ser humano, privados de nuestros recursos naturales, seríamos bastante poco viables. ¿O acaso alguien puede vivir bajo el agua o encerrado en una urna de cristal, despojado de comida y bebida? ¿Acaso alguien puede vivir cuando se le priva de los recursos de vida? Pues el feto tampoco.
Descartado este argumento, no existe precisamente unanimidad en las legislaciones abortistas sobre cuándo surge el ser humano. El creer que en la semana doce, minuto uno, segundo uno, surge la vida como por arte de magia, de forma espontánea, por obra de nuestra ministra Aído, hiere sobremanera la sensibilidad humana.
¿Y no es más fácil pensar que existe vida desde el inicio? ¿No queda resuelta la cuestión, sin subterfugios ni apaños lamentables, al considerar que cuando un espermatozoide fecunda un óvulo surge una vida distinta y nueva, ajena desde entonces a los padres? En efecto, necesita del vientre materno para sobrevivir, pero esa dependencia vital no le hace merecedora a la progenitora del derecho a decidir sobre la supervivencia del niño. También un discapacitado puede necesitar alguien que le alimente, sin que ese alguien tenga el derecho de interrumpir voluntariamente su vida.
La dignidad humana no la dan las semanas que uno lleva viviendo, ni el tamaño que uno tenga, ni si estás dentro o fuera de tu madre. La dignidad humana tampoco la otorga una ley, por mucho que ésta sea capaz de matarnos cuando apenas tenemos días de vida.
